La historia de un bandido rural como eje de un taller detrás de las rejas

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Un grupo de reclusos que integran un taller de teatro fueron dirigidos por los documentalistas Lucas García y Juan Mascaró y recrearon la historia de un delicuente tucumano para la pantalla grande.
Un grupo de documentalistas, encabezado por Lucas García y Juan Mascaró se metió en una cárcel tucumana para recrear la historia de un delincuente mítico organizando un taller con los reclusos que dio como resultado "Bazán Frías: Elogio del crimen", que se estrena este jueves.

Un siglo después de la muerte de Andrés Bazán Frías, el conocido como "Robin Hood tucumano", los internos del penal de Villa Urquiza aceptan la propuesta de formar parte de un taller para representar su vida.

Bazán Frías nació en el barrio Los Siete Lotes, Villa Alem, en San Miguel Tucumán a finales del siglo XIX, y rodeado de pobreza, comenzó a robar comida para repartir entre los indigentes de su barrio.

Por un asesinato, el bandido rural Bazán fue condenado a prisión y cansado de las brutales palizas, logró escapar, pero tiempo después fue liquidado por la policía cuando intentaba trepar un muro del Cementerio del Oeste.

La historia entusiasmó a Lucas García y Juan Mascaró, de Doca, que al estilo de los hermanos Taviani -en "César debe morir"-, usaron la prisión como escenografía ya los presos como actores de una puesta, también con la actriz Silvia Quirico, en este caso acerca de una historia real.

Télam: ¿Cómo fue elegido el personaje y la cárcel para este puesta?
Lucas García: En 2012 leímos una crónica con los detalles más conocidos de la vida de Bazan Frias, que era un ladrón y que repartía los alimentos que robaba, que logró escaparse de la cárcel, y terminó asesinado en el Cementerio del Oeste, el de la clase alta, y fue enterrado en el del Norte, de las clases populares, donde miles de tucumanos le hacen pedidos porque desde ven que su alma es milagrosa. Luego aparecieron otras crónicas de La Gaceta y un libro de Mary Guardia, su nieta.
Juan Mascaró: No había material gráfico de su vida y a partir de ahí apareció un problema de representación, como poner en imágenes esto y a la vez como profundizar ese vínculo entre el pasado y el presente. Entonces salió esta idea con referencia a otras películas donde la representación no es la imitación del pasado. Queríamos ver qué elementos de los reclusos hoy se ponían en juego para llevar adelante esas escenas, no sólo algunos momentos.

T: ¿Cómo obtuvieron los fondos reproducción?
LG: Presentamos el proyecto al Incaa, donde Mary era protagonista, que ganó en 2015, y fuimos a la cárcel para pedir permiso para grabar adentro. En una charla con el subdirector del penal surge esta idea: que algún interno haga de Bazán, y eso derivó en el proyecto del taller. Tuvimos mucha suerte porque no es un lugar fácil de entrar y menos hacer algo así.

T: ¿Contaron con colaboración del penal?
LG: Ingresamos allí en el marco de un programa del Ministerio de Educación provincial, y Franco Venditti, quien en ese momento era el referente educativo en contexto de encierro, se entusiasmó y se puso el proyecto al hombro para que pudiésemos entrar. Eso nos dio muchas libertades y predisposición de los guardiacárceles. Cada vez que necesitábamos buscar locaciones para las ficciones, nos acompañaban y ayudaban sin problema. Tuvimos mucha libertad para filmar.

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